
Vivimos en una época de confusión ideológica, moral y religiosa. Algunos se declaran ateos, otros agnósticos y no faltan quienes de proclaman enemigos de las religiones, concretamente del Catolicismo, aunque no conozcan bien a Jesucristo ni a los Evangelios y de toda su doctrina no tengan más que una vaga caricatura.
Mañana la Iglesia celebra la Conversión de San Pablo. Sin duda, uno de los personajes cuya biografía que resulta más apasionante e interesante en la Biblia.
Pablo de Tarso –como se llamaba originalmente- era un judío ferviente. Cuenta que –desde niño- se educó a los pies de su maestro Gamaliel.
Su figura nos resulta original y simpática porque se alistó en la milicia y practicaba deportes como las carreras, el maratón y la lucha libre. Muchos de los ejemplos que utiliza en sus escritos tienen relación con la vida militar: la vida la presenta como un combate y gusta de hacer comparaciones sobre las armas y la milicia.
Fue un tenaz perseguidor de los primeros cristianos. Asolaba poblados en busca de los seguidores de Jesús de Nazareth para apresarlos: “devastaba a la Iglesia y, entrando en las casas, arrastraba a hombres y mujeres y los hacía encarcelar”(Hechos de los Apóstoles 8,3). Fue uno de los que aprobaron la lapidación de San Esteban, primer mártir.
Pablo de Tarso pensaba que hacía lo correcto: acabar –según él- con una nueva “herejía” de los que predicaban a un tal Jesús, que se había enfrentado a los fariseos y saduceos y, finalmente, después de dejar su mensaje a sus discípulos, había sido crucificado. Pero sus seguidores sostenían que había resucitado y continuaban difundiendo sus enseñanzas por Palestina.
Le preocupaba que el cristianismo se estuviera extendiendo rápidamente por esas tierras y que los apóstoles realizaran un intenso proselitismo.
De temperamento firme y apasionado, Pablo se dispuso a arrancar de raíz cualquier vestigio de ideas que él consideraba como heterodoxas sobre su religión. Pero no sabía –en realidad- contra Quién se enfrentaba.
Cierto día, viajando de Jerusalén camino de Damasco para proseguir su tarea represiva, y estando ya cerca de la ciudad, hacia el mediodía: “de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Y cayendo en tierra oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Respondió: ¿Quién eres tú, Señor? Y Él le dijo: Soy Yo Jesús, a quien tú persigues” (Hechos de los Apóstoles 9, 3-5).
Saulo o Pablo (en su versión latina) de Tarso queda convertido en un instante y como fruto de este repentino cambio, le pregunta humildemente a Jesús: “Señor, ¿qué quieres que haga?”(Hechos 22,10). Pablo queda renovado, es ya un nuevo hombre. Bastó un momento para haberlo visto todo con claridad y ponerse -con total disponibilidad- en las manos de Dios.
Sabemos que los hombres que le acompañaban oyeron también ese diálogo, pero no vieron a nadie. Saulo, por su parte, logró levantarse, pero, al abrir los ojos, se dio cuenta de que se había quedado ciego.
Fue conducido luego a Damasco y allí, se hospedó en casa de Ananías, quien le impuso las manos, sacándolo de su ceguera, y le bautizó. “Hermano Saulo, me manda el Señor Jesús, que se te apareció en el camino, para que recobres la vista y seas colmado del Espíritu Santo. Al punto se le cayeron de los ojos unas como escamas”(Hechos de los Apóstoles 9, 17-18).
El perseguidor es transformado por la gracia y, a continuación, recibe la instrucción cristiana y se le confiere su misión: “Él es para mí un instrumento elegido para llevar mi nombre a las naciones, a los reyes y a los hijos de Israel. Yo le mostraré cuánto ha de sufrir por mi nombre” (Hechos de los Apóstoles 9, 15-16).
A partir de esa trascendental fecha, Pablo dedicará todas sus fuerzas en dar a conocer la Buena Nueva, sin que le importen los peligros, los problemas, las dificultades, los sufrimientos, la carestía de todo –incluso de lo necesario para su trabajo apostólico-, y los aparentes fracasos, como le aconteció en el Areópago de Atenas.
Con el tiempo, sería reconocido como “El Apóstol de los Gentiles”: “Aquel que me escogió desde el seno materno y me llamó a su gracia, se dignó revelar a su Hijo en mí, para que yo lo anuncie a los gentiles. (Gálatas 1, 15-16).
Sus frutos espirituales fueron incontables por buena parte del mundo conocido de entonces. Predicó en Palestina, la actual Turquía, Grecia, Macedonia, Italia y en sus libros comenta que deseaba ir a predicar a España.
Unas palabras que siempre me han impresionado de sus escritos son éstas: “Me debo tanto a los griegos como a los bárbaros, tanto a los sabios como a los ignorantes...Yo no me avergüenzo del Evangelio: es fuerza de salvación para todos los que creen en Él” (Romanos 1, 13-16).
Nada lo detenía en ese celo apostólico como consecuencia de su gran Amor a Dios: “Cinco veces recibí cuarenta azotes menos uno; tres veces fui azotado con varas; una vez fui lapidado; tres veces naufragué; un día y una noche pasé náufrago en alta mar; en mis frecuentes viajes sufrí peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi raza, peligros de los gentiles, peligros en ciudades, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; trabajos y fatigas, frecuentes vigilias, con hambre y sed, en frecuentes ayunos, con frío y desnudez; y además de otras cosas, mi responsabilidad diaria: la solicitud por todas las iglesias. ¿Quién desfallece sin que yo desfalleciera? ¿Quién tiene un tropiezo sin que yo me abrase de dolor?”(2 Corintios 11, 24-29).
Cuando lo detienen las autoridades civiles por difundir el cristianismo y lo quieren juzgar, ejerce sus derechos como ciudadano romano y apela al César. Y cuando lo encarcelan, no duda en acercar a Dios a sus compañeros de celda y a los guardias que custodian a los prisioneros.
De un enorme corazón y nobleza se preocupa por el bienestar de todos. Hasta llegar al detalle –que personalmente me conmueve- de recomendar a un discípulo que padecía de problemas gastrointestinales que tome “un poco de vino mezclado con agua”, como remedio para aligerar sus males.
Una verdadera transformación interior ocurrió en San Pablo que lo hizo un ejemplar discípulo de Jesucristo. De implacable perseguidor de los cristianos a un auténtico enamorado de Cristo. ¿Cuál sería la explicación última de su radical cambio?: Que centró toda su vida y su amor en el Señor. “Ya no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí”, afirmaba. Por eso, a pesar de todos los sufrimientos que nos narra, pudo decir hacia el final de su vida, cuando se encontraba casi solo, pero muy acompañado por la naciente cristiandad romana, en una cárcel cercana a la capital del Imperio: “Abundo y sobreabundo de gozo en todas mis tribulaciones”.
Había encontrado a Dios -“mi vivir es Cristo”, solía repetir-, le había servido lealmente y por largos años con todo su corazón y todas sus fuerzas, y eso le bastaba para morir lleno de alegría y paz.
Murió mártir, en Roma, en el año 67 después de Cristo. Su cuerpo fue decapitado y sus restos reposan en la Basílica de San Pablo Extramuros.
El Papa Benedicto XVI designó del 29 de junio de 2008 al 29 de junio de 2009 como el año de San Pablo o “Año Paulino”. ¡Tenemos tantas virtudes que imitarle a este admirable santo, quien –junto con San Pedro- constituye una de las primeras columnas de la Iglesia Universal! Porque una vez convertido a la fe, fue congruente todos y cada uno de los días de su vida hasta su muerte y no le temió ni a la cárcel ni a ser pasado por la espada con tal de proclamar la Buena Nueva de Jesucristo.
1 comentarios:
Muchas Gracias por el compartir...y recordar :-)
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