viernes, 13 de enero de 2012

El perdón y la reconciliación

En la primavera de 1945, se acercaba el fin de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Muchas de las ciudades alemanas estaban completamente devastadas por los bombardeos aéreos y los constantes ataques por tierra de los ejércitos Aliados. Berlín estaba sencillamente irreconocible: era un montón de ruinas, donde reinaba el caos y la anarquía.

El totalitarismo nazi se desmoronaba día con día. Era evidente que tenía sus días contados. Muchos ciudadanos que tenían recursos huían a otros países o continentes.

Pero, sin duda, lo más doloroso de aquella tremenda guerra era observar a aquellos soldaditos alemanes que había lanzado desesperadamente Adolfo Hitler como “carne de cañón”, y que ni siquiera eran adolescentes sino unos pobres niños angustiados, mal equipados militarmente, con frío y hambre.

La gran pregunta era: ¿cuántos años tardará Alemania en recuperarse económicamente de esta gigantesca debacle? En cuanto se firmó la paz de los Aliados con Alemania comenzó a llegar ayuda a esta nación.

Pronto se dieron cuenta los dirigentes internacionales que ese apoyo era insuficiente. Ante la insistencia del nuevo Presidente de Alemania, Konrad Adenauer, se concretó el “Plan Marshall” (de 1948 a 1951) con un apoyo económico de 12,400 millones de dólares. Y en pocos años, el mundo entero pudo observar el “milagro alemán” en que se reconstruyó económicamente. Quince años bastaron para convertirse, de nuevo, en una potencia europea (1).

En este proceso tuvo un importante papel Robert Schuman, quien planteó las bases para el nacimiento, impulso y desarrollo de lo que hoy conocemos como la “Unión Europea”. El lema de Schuman era “Nunca más guerras entre naciones hermanas del continente europeo”.

Y este insigne político europeo elaboró un sistema de intercambio comercial entre Alemania y Francia que, al tener un éxito inmediato, su positiva experiencia fue replicada por muchos otros países del Viejo Continente.

También tuvo un papel protagónico el político italiano De Gasperi. Lo interesante es que en todos ellos, en vez de mantener una actitud revanchista y de emplear medidas punitivas contra Alemania, le tendieron la mano como a un pueblo hermano en desgracia, que fue víctima de un dictador desquiciado. Es decir, se impuso el perdón y la reconciliación.

Más de 60 años después, dentro de este clima de mutua colaboración y solidaridad, Ángela Merkel, Primera Ministra de Alemania, está encabezando –junto con otras naciones- el plan de ayuda económica para ayudar a países en crisis como Grecia, Italia, Portugal y España.

Algo similar ocurrió en agosto de 1945, con la derrota del Japón, que marcó el cierre definitivo de la Segunda Guerra Mundial. Entre algunos dirigentes había deseos de venganza, de organizar “cacerías de brujas”, sobre todo, hacia los mandos militares.

Pero, hábilmente el General Douglas MacArthur, de 1945 a 1951, estableció una línea de acción muy clara: había que apoyar al pueblo nipón para que se recuperara de su bancarrota económica, que no hubieran persecuciones masivas y, en el menor tiempo posible, se instaurara un sistema de gobierno democrático.

Años después, en 1964 se tuvieron los Juegos Olímpicos en la capital, Tokio, y los países se asombraron del progreso económico y desarrollo material que en tan poco tiempo había logrado este pueblo, indudablemente con destacadas virtudes para el trabajo y con gran empuje empresarial.

El pueblo japonés conserva un enorme agradecimiento hacia las naciones Aliadas, particularmente con los Estados Unidos, quien le brindó su ayuda fraterna cuando más lo necesitaba.

¿Qué lecciones podemos obtener de este par de ejemplos? Que el perdón -a fondo, para siempre y de todo corazón-, es la condición fundamental de la reconciliación. Pero para que haya paz y perdón entre los pueblos, antes debe de haber reconciliación en cada familia y en cada ser humano.

Me parece de justicia señalar que tanto Robert Schuman, como De Gasperi y Konrad Adenauer fueron católicos ejemplares. En sus corazones imperaba la doctrina de Jesucristo y su pensamiento se traslucía en sus obras, en su quehacer político.

La raíz latina de la palabra “Misericordia” se condensa en “tener corazón para con las miserias de los demás”. Ninguna otra religión como el cristianismo llega a afirmar que hay que “perdonar de todo corazón a los enemigos”.

No hay acción más liberadora de la mujer o del hombre como el hecho de perdonar de todo corazón, no importa la magnitud de la ofensa. Ése fue precisamente el maravilloso ejemplo que recibimos de Jesucristo con su muerte ignominiosa en la Cruz. “Perdónales, Señor, porque no saben lo que hacen” fueron algunas de sus últimas palabras desde el Monte Calvario.

Pero incluso desde el terreno meramente psíquico para mantener la salud mental, se recomienda ampliamente la disculpa, la comprensión y la reconciliación.

En cambio, el resentimiento es frecuentemente el principal obstáculo para ser feliz, porque amarga la vida, afirma el Dr. Francisco Ugarte Corcuera. Y este autor llega a considerar lo absurdo que resulta que una persona, por ejemplo, se beba un veneno con la intención de que le haga daño al otro, al que considera su enemigo. (2)

En este mismo sentido, Max Scheler considera que “el resentimiento es una autointoxicación psíquica” (3). ¿Cuántas personas no han tenido que acudir al psiquiatra porque han sufrido de una fuerte depresión nerviosa? Y finalmente tanto el médico como el paciente, después de varias sesiones de terapia, descubrieron que la raíz de la problemática era que, por muchos años, el paciente se había guardado una larga cadena de rencores, disgustos, resentimientos que le fueron amargando la vida hasta convertirse en una tristeza crónica y patológica?

Hay que reconocer que muchos de los roces entre las personas los labra una imaginación desbordada y llegan a pensar equivocadamente: “No me tomaron en cuenta”, “Me hicieron tal o cual cosa”, “Nunca consultaron mi parecer”, “Yo para ellos soy una especie de cero a la izquierda”, “Todo el mundo me desprecia”…

Y así tenemos que una persona que pudiera ser enormemente feliz, se mete en verdaderos laberintos de amargura e infelicidad porque les da carta de entidad a sus locas fantasías.

En México se dice que tendemos a ser un pueblo de “sentidos”, o peor aún, de “re-sentidos”. Y es bastante común que dos personas se dejen de hablar por largas temporadas por un malentendido y después todo aquello se desinfla como un globo de feria ¡porque nada de lo supuesto era verdad! Y dentro de ese período ambas personas lamentablemente sufrieron, se criticaron, la pasaron mal, lo cual no deja de ser absurdo, un desgaste emocional y una pérdida de tiempo.

Me hace gracia la frase que solía repetir Eleanor Roosevelt, esposa del Presidente Norteamericano Franklin: “Nadie puede herirte sin tu consentimiento”.

Considero que tiene mucha lógica y razón porque el corazón humano debe de estar dispuesto siempre a perdonar y si alguien intenta agredir injustificadamente, o no se le concede importancia o mejor aún se le perdona y comprende, con frases como: “Lo habré tomado en un mal momento o de no muy buen humor”; “Estará pasando por una temporada difícil”; “Quizá se encuentre enfermo”, etc.

Mi experiencia es que esto último ocurre con más frecuencia de lo que nos imaginamos. Un día le llamé por teléfono a un amigo periodista, lo noté cortante y algo brusco. Después me llamó para disculparse y explicarme que su esposa y él se habían angustiado mucho porque su hijo el menor se había extraviado al salir de la escuela, pasó un largo tiempo hasta que lo encontraron.

Otro día busqué a un primo para hacer una cita con él. Sus respuestas se reducían a únicamente monosílabos: “sí”, “no”, “OK”, “Quien sabe”… Hasta que lo interrumpí, me encaré con él y le dije: “Y ahora, ¿qué es lo que te pasa?” Y me respondió: “Dice mi cardiólogo que es probable que me tenga que operar del corazón y me quedé muy preocupado”.

El sabio consejo popular: “Hay que aprender a ponerse en los zapatos de los demás” se tiene que aplicar en nuestra vida si realmente queremos comprender, disculpar y entender las preocupaciones de los demás.

Pero para perdonar “de todo corazón” se requiere dejar de sentir odio, desprecio, agresividad y afán de venganza. No es sólo un acto de la inteligencia sino también de la voluntad, de reeducar los sentimientos.

“Perdonar es querer olvidar” (4). Ésta es una condición indispensable, un punto de partida firme, sólido para que el corazón cierre una herida. Lo que coloquialmente lo denominamos como: “Cambiar de capítulo”. Se trata de erradicar de nuestra mente esa idea perturbadora y olvidar, no sólo ahora o esta semana, sino para siempre.

Finalmente, no hay que perder de vista que absolutamente todos los seres humanos tenemos defectos, errores, equivocaciones. Por lo tanto, ¡todos necesitamos ser perdonados!

¡Cuánto sabiduría humana y espiritual encierra esa oración que nos enseño Jesucristo en el Padre Nuestro: “Perdona nuestras ofensas (Señor),/ como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”!

Por ello, muchas veces para perdonar de verdad necesitamos del auxilio divino. Y concluyo con esta frase de San Juan Crisóstomo: “Nada nos asemeja tanto a Dios como estar dispuestos al perdón”. (5)

(1) Grandes Acontecimientos del Siglo XX, Gonzalo Ang, páginas 388-393, México, 1991.

(2) Cfr. Del Resentimiento al Perdón, Ugarte Corcuera, Francisco, Ed. Panorama, 2003, pp. 68.

(3) El Resentimiento en la Moral, Scheler, Max, Caparrós Editores, Madrid, 1993. Pág. 23.

(4) El Camino de la Felicidad, Ugarte Corcuera, Francisco, Ed. Panorama, México, 2010. Pág. 45.

(5) Crisóstomo, San Juan, Homilía 19 del Evangelio de San Mateo, No. 7.