Pienso que todos disfrutamos de esos maravillosos portales de Belén que tienen representados, además de las Sagradas figuras de Jesús, María y José, a los Reyes Magos (Melchor, Gaspar y Baltasar) que le ofrecen al Hijo de Dios oro, incienso y mirra; a los pastorcitos que le llevan al Niño modestos regalos, a los ángeles que rodean al Nacimiento, a esos animalitos del establo. Algunos otros artistas colocan riachuelos, puentes, a otros pastorcillos que van camino de su encuentro con Jesús, pequeños lagos, árboles, plantas, arbustos, personajes típicos de cada región…¡Algunos nacimientos son verdaderas obras maestras!
¿Pero, en medio de todo esto, qué lecciones nos brinda Jesús desde ese portal de Belén? Considero que algunas de ellas son:
Humildad, porque el Señor de todo lo Creado (del universo, de los hombres y de todo cuanto nos rodea) ha dejado de lado su gran poder y majestad para “abajarse”, para encarnarse en un Niño indefenso y necesitado de todo: de nuestro amor, atención y cuidados, confiados particularmente a la Virgen María y a San José.
Además, quiso nacer pobre, siendo rico; lo tenía, todo pero vino a esta tierra sin nada. Esa fue la norma de toda su vida. Y así abandonó este mundo, en el momento de la Cruz, sin siquiera tener un sepulcro.
La pregunta es, ¿por qué? Porque nos quería dejar una enseñanza clara: “Su Reino no era de este mundo”. Él venía a salvarnos, a realizar la Redención y, desde esos primeros llantos de Niño, nos manifestó que venía a entregarse por completo, en medio de aquella noche fría de aquel sórdido establo.
Su misión, entonces, era y sigue siendo fundamentalmente de servicio y de mostrarnos el camino de la salvación. Quiso que los primeros que vinieran a conocerle y a postrarse ante Él fueran unos humildes pastorcillos. ¡Porque Jesús se encuentra muy a gusto y a sus anchas con las personas que son sencillas, pobres y humildes de corazón!
Otro aspecto, no menos importante, es su obediencia. Hay un conocido villancico cuya letra dice que el “Niño vino para padecer”. Si repasamos con calma los Santos Evangelios nos percatamos que Jesús, como profetizaron San Simeón y Santa Ana, sería “signo de contradicción” , es decir, que mientras vivió, continua y constantemente sufrió los ataques, calumnias e incomprensiones de los poderosos de la tierra: del Rey Herodes, de los fariseos, saduceos, sacerdotes del Templo, de Poncio Pilatos; fue golpeado, ultrajado, apedreado, maltratado hasta el momento cumbre de la Cruz en que dio su vida por nosotros. ¿Y todo ello para qué? Porque venía a cumplir y a obedecer la Santa Voluntad de su Padre-Dios. Era el designio establecido por el Altísimo desde toda la eternidad para redimir al género humano.
Se dice fácil comentar esto último, pero quienes hemos podido observar la Sábana Santa, que se conserva en Turín (Italia), que manifiesta todo lo que sufrió Jesucristo por nosotros, contemplamos que su cuerpo quedó completamente desfigurado y algunos huesos fracturados.
Finalmente, el Hijo de Dios nos da una admirable lección de amor. Pero es un amor con obras y de verdad. ¿Qué mejor prueba de amor que el sacrificio, que el dolor de la muerte ignominiosa e injusta de la Cruz?
Pero debemos subrayar que ese amor de Jesús es individualizado, como dice San Pablo: “Me amó y se entregó a la muerte por mí”. Es importante aclarar que el Verbo de Dios Encarnado no entregó su vida a una masa anónima, a una muchedumbre como en un gigantesco estadio de futbol, sino uno a uno, por cada mujer y cada hombre de todas las épocas y momentos de la historia hasta el final de los tiempos.
Quizá las palabras que más nos conmuevan de Jesús en medio de su indescriptible dolor sean aquellas de: “Perdónales, Señor, porque no saben lo que hacen”.
Y luego las de la Última Cena: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” y las de su Resurrección: “¡Alegráos!”. Como diciendo, ¡que nadie esté ya triste porque así quería mi Padre- Dios que Yo sufriera para abrirles las Puertas del Cielo!
Después de estas lecciones de humildad, pobreza, obediencia y amor, viene como consecuencia lógica esta pregunta ¿y yo qué puedo hacer para corresponder a esa inconmensurable generosidad de Dios?
Sin duda, en nuestro esfuerzo diario por ser mejores hijos; en tomarnos a Dios en serio para nunca más ofenderle; en luchar por cumplir su Santa Ley; crecer en virtudes y poner nuestro empeño –aunque nos cueste- por limar nuestros defectos y arrancar todo aquello que desagrade al Señor.
Alguien podría decir: Pero esa es una lucha de toda la vida. En efecto, pero lo importante es luchar aquí, hoy y ahora porque no sabemos si más adelante Dios nos prestará vida y tiempo para ello.
Termino con una anécdota que personalmente me conmueve. En cierta ocasión el Beato Juan Pablo II recibió a un numeroso grupo de niños, pocos días antes del 25 de diciembre, les dirigió un sencillo y cariñoso mensaje. Al final de sus palabras les preguntó con una amplia sonrisa:
-¿Verdad que todos harán una buena confesión sacramental para recibir dignamente la Niño Jesús en esta Navidad?
A lo que todos los niños allí reunidos respondieron con entusiasmo y a voz en cuello:
-¡Sí!
-Muy bien –respondió el Romano Pontífice. También el Papa acudirá a la confesión para recibir dignamente al Niño Dios.
Innegablemente que la mejor forma en que nos podemos preparar para la Navidad es mediante la práctica del Sacramento de la Reconciliación y recibiendo al Señor en la Eucaristía. ¡Nada de este mundo puede compararse a la alegría y la paz interior que se experimentan!
A todos los lectores de www.yoinfluyo.com les deseo que pasen una Feliz y Santa Navidad en compañía de sus seres queridos.
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