miércoles 16 de noviembre de 2011

Una joya literaria para jóvenes postmodernos

El escritor italiano, Alessandro D’Avenia, ha publicado una novela titulada: “Blanca como la nieve, roja como la sangre” (Editorial Grijalbo) que ha tenido un considerable éxito en varios países europeos.

D’Avenia tiene escasamente 32 años. Ha obtenido el Doctorado en Letras Clásicas, es profesor de un instituto y, además, es guionista de cine y televisión. Su novela ha tenido tal resonancia internacional, que ya se está escribiendo un guión para llevarla a la pantalla grande.

Aunque es una obra literaria dirigida fundamentalmente a los jóvenes de nuestra época, nos presenta los grandes problemas de la existencia humana: el sentido del bien y del mal, del sufrimiento y del dolor, de la verdad y la falsedad, los cuestionamientos sobre el Más Allá…

Es interesante como este autor de nuestros días, nos adentra en la psicología de un adolescente inquieto, llamado Leo, de escasos 16 años. Le gusta el deporte; es marcadamente rebelde porque no soporta sus clases en la preparatoria ni menos a sus profesores. También le parece que sus padres son unos anticuados e intolerantes. No cree en Dios. Tiene a dos grandes amigos, Niko y Silvia.

Pero lo que le ha trastornado su vida es su apasionado amor por una compañera de clase, Beatrice. Se ha prendado de su belleza física ya que tiene unos bellos ojos verdes y el cabello pelirrojo.

Pero como ocurre con muchos jóvenes, su amor es platónico y nunca le ha comunicado sus sentimientos. Todo ese proceso de enamoramiento ocurre en su imaginación y no sale de ese ámbito.

Por otra parte, Leo tiene afición por los colores, en especial por el rojo. Así que relaciona el cabello de su amada con su afición por este color y fantasea de forma obsesiva con esta idea.

En cambio, tiene aversión por el blanco. Le parece insípido, sin gracia, ausente de amor, de entusiasmo vital. Suele relacionar la tristeza y la monotonía con este color.

Pero ocurre algo inesperado. Beatrice comienza a faltar a las clases. Leo se entera que tiene leucemia y ha sido hospitalizada. La visita en la clínica y se le encuentra demacrada y débil.

Después es operada y su enfermedad sigue avanzando. Recibe quimioterapia para observar si su organismo reacciona positivamente. En poco tiempo pierde el cabello, aumenta su palidez, su cansancio y luce ojerosa. El rojo apasionado va desapareciendo físicamente en su amada y se presenta el blanco como preludio del final.

Leo no quiere aceptar la realidad. La busca en su habitación del hospital, la anima y reconforta, pero ella le habla muy claro y le comenta:

-¿Pero no te das cuenta? En poco tiempo moriré.

Y a continuación ella le muestra su diario. Le escribe cartas a Dios. A Él dice que le gustaría superar su leucemia, pero que si es su Voluntad, a ella le encantaría encontrarse con su Rostro en el Cielo.

Leo entra en una crisis emocional. Conversa con un sacerdote y le pregunta qué sentido tiene que su amada tenga una enfermedad terminal que la llevará a la muerte.

El presbítero aprovecha para hablarle de Jesucristo que entregó su Sangre para la salvación de los hombres y que no hay amor más grande que Aquél que entrega toda su vida para que nosotros tengamos la Vida Eterna.

Y que, por otra parte, en esta vida estamos de paso, el tiempo es breve, que todos caminamos hacia un Fin Último y que también la enfermedad y la muerte tienen un profundo sentido.

Después tiene largas pláticas con un maestro al que le ha apodado “El Soñador” quien le va ayudando a madurar, a tener ideales en la vida y no ser conformista en medio de una sociedad de consumo.

El profesor “Soñador” le va respondiendo a cada uno de los enigmas sobre la existencia humana que el adolescente le va presentando.

Gradualmente el joven comienza a crecer como persona. El punto culminante se centra cuando fallece Beatrice. Leo siente que se vuelve loco del dolor moral pero reconoce que ha madurado en un corto tiempo.

Aprende, por otra parte, a dialogar y conversar con sus padres. Les pide sus consejos y escucha sus experiencias de vida.

Asiste con mayor interés a la escuela y les va tomando mayor respeto a sus profesores. Valora mucho más la amistad, en particular de sus amigos Niko y Silvia.

Externa una frase significativa que es clave para su conversión hacia la fe: “Si Beatrice amaba y le escribía a Dios. Entonces Dios debe existir”.

Cae en la cuenta, que no ha valorado suficientemente la paciencia y el cariño de su amiga Silvia, quien tiene un rostro apacible y los ojos intensamente azules. A Leo le ayudó en forma particular cuando sufrió un accidente de moto y tuvo que recuperar clases y presentar exámenes para no perder el año escolar.

Y siguiendo con su obsesión por los colores, el protagonista concluye que el color azul de los ojos de Silvia le tranquiliza y le da mucha paz. Así que terminan haciéndose novios.

Quizá lo más meritorio de esta novela es que llega al corazón de los jóvenes postmodernos. El lenguaje es espontáneo y desenfadado. Está lleno de tecnicismos por el continuo uso del Facebook, los mensajes del celular, el Internet, los correos electrónicos… En general esta novela tiene un sabor fresco, jovial.

Desde el punto de vista estilístico, Alessandro D’Avenia es un maestro de la moderna narrativa porque logra un suspenso a lo largo de toda su obra. El dramatismo está muy bien llevado e intercala contrapuntos que le proporcionan una particular amenidad. Se podría decir que materialmente el lector “devora” cada una de sus hojas, hasta concluir sus 249 páginas.

D’Avenia es un guionista y literato católico que busca impregnar su obra de cuestionamientos que calen hondamente en las mentes juveniles y deja mensajes constructivos. Sin duda, “Blanca como la nieve, roja como la sangre” es una joya de la literatura de nuestros días.