miércoles, 10 de marzo de 2010

¿Cómo conservar la salud mental?

Cada vez es más frecuente que escuchemos que alguna persona se encuentra con depresión nerviosa, en crisis existencial o en franca neurastenia.

Algunos psiquiatras aseguran que se trata de las enfermedades características de nuestra época. No pocos médicos opinan que esto se debe a la vida moderna con sus prisas, su acelerado ritmo, a ese afanoso modo de proceder de algunas personas que pretenden hacerlo casi todo “cuanto antes y perfecto”.

También se ha introducido en nuestra sociedad, por presiones de algunos directivos, un modo de trabajar donde se sabe a qué hora se entra a la oficina, pero se desconoce a qué hora se concluirá la diaria actividad laboral.

Unos sostienen que es una costumbre norteamericana que se ha impuesto en México. Aunque otros reconocen que “está mal visto salir antes de las 7 de la noche” y ceden a esa presión, sin que exista una norma escrita al respecto. Algunos pocos, confiesan que el problema radica en ellos mismos, por falta de orden en su trabajo.

De esta manera, es cada vez más común que jóvenes profesionistas prácticamente no dediquen tiempo ni a su esposa ni a sus hijos ni al descanso físico o, al menos, a hacer un poco de ejercicio diario.

¿El resultado? Un considerable desgaste físico, derrumbes psicológicos con marcados trastornos emocionales, como: insomnio, alteración nerviosa, ansiedad, angustia, impaciencia, irritabilidad…

O bien, trastornos llamados psicosomáticos, como: gastritis, colitis, dolores musculares, migrañas, padecimientos de columna, cardiacos, etc., todos ellos como consecuencia del estado de crispación del sistema nervioso.

Son muchos los que se ven en la necesidad de acudir al especialista porque afirman que se han vuelto pesimistas, negativos, que han perdido ilusión por vivir; han bajado su rendimiento laboral o disminuido su capacidad de concentración; confiesan que les vienen ciertos episodios de tristeza o melancolía…

Las recomendaciones para salir de esta situación, normalmente van orientadas hacia los siguientes aspectos:

Darle al trabajo su justa dimensión. Es decir, establecer un horario laboral de tal manera que se le conceda, también, un espacio para convivir en familia, para practicar algún deporte, recrearse en algún pasatiempo donde el cuerpo y el espíritu se puedan recuperar. En este sentido, el descanso no es una “pérdida de tiempo” –como algunos piensan- sino una real necesidad para después rendir más y mejor en los propios deberes.
Eliminar los factores que producen stress. Para algunos puede ser el escuchar o ver noticieros catastrofistas; para otros, el tráfico citadino o las aglomeraciones, para lo cual se recomienda escuchar música relajante, admirar el paisaje, conversar con Dios y encomendarle los asuntos de ese día, etc.
Descubrir que actividades nos producen descanso: para algunos puede ser ir a ver una buena película, para otros conversar con sus amistades, o ir a una reunión social, a una obra de teatro, a una exposición de pintura, a un museo, a caminar por el parque, leer un libro que valga la pena, realizar obras de ayuda social como visitar enfermos, a un orfanatorio, a un anciano discapacitado, etc.
Ante las dificultades, ver siempre retos o desafíos. Resulta clave no dramatizar ni agigantar los normales problemas de la vida, de lo contrario la imaginación puede hacer pasar malos ratos. Por ello es importante pensar en positivo: ante un obstáculo no hay que derrumbarse sino de inmediato ir pensando en las posibles soluciones.
Conservar la serenidad y la calma. Por ejemplo, cuando ocurren tragedias por fenómenos naturales, es común que los dirigentes de los países hagan un llamado a los ciudadanos a conservar la paciencia y la tranquilidad. Ante las situaciones imprevistas de la vida, nada se gana con alterarse o perder los nervios. En cambio, el saber mantener la mente ecuánime ayuda a encontrar las soluciones más acertadas y prudentes.
También, los psicólogos recomiendan conocerse bien a uno mismo. Sigue vigente aquella máxima del filósofo griego, Sócrates, que recomendaba a sus discípulos: “Conócete a ti mismo”.
En la vida profesional, se puede caer en los dos extremos:

a) el que se supravalora, piensa tener muchas cualidades y prácticamente ninguna limitación, entonces sobrevienen los inevitables “frentazos” contra la cruda realidad;

b) o bien, el que ha perdido su autoestima y no se cree digno de escalar puestos de mayor responsabilidad.

En ambos casos se recomienda hacer una autoevaluación para examinar detenidamente las propias virtudes y defectos y, partiendo de esa base, obrar en consecuencia.

En conclusión, para conservar la salud mental es fundamental aprender a mirar el lado amable y positivo que cada día de la vida nos presenta. Si son dificultades, ver desafíos para crecer personalmente; si son oportunidades, saberlas aprovechar con eficacia para nuestro desarrollo profesional, pensando también en el bien de los demás.

Nada ayuda más en el ambiente de una familia o de un trabajo que tener al lado caras sonrientes y actitudes cordiales; con un espíritu ilusionado, emprendedor y positivo. Pero para ello se requiere, como punto de partida, el aprender a tener paz interior, sosiego en el espíritu, alegría de ánimo, que repercute también en nuestro entorno.