lunes, 3 de agosto de 2009

Proteger a la familia

Escribe Rebeca Reynaud
El papel de la familia en los actuales momentos es determinante para encauzar a país hacia un futuro lleno de esperanzas. “Para entender la moral sexual, hay que saber lo que es una familia –dice Juan Luis Lorda en su libro “Moral. El Arte de Vivir”-; hay que tener la experiencia de este bien tan inmensamente importante para la vida personal y social”. Y es verdad. Todo el mundo quiere una familia para sentirse protegido y querido.

Gary Becker, premio Nobel de Economía, ha vuelto a recordar que el apoyo a la familia natural es clave para impulsar el desarrollo económico de un pueblo.
Puesto que la familia es la forma básica y más sencilla de la sociedad, se constituye en la principal escuela de todas las virtudes sociales, siendo el semillero de la vida social, donde se aprende y se ejercita la capacidad de amar y de servir, la obediencia, la preocupación por los demás, el sentido de responsabilidad, la solidaridad, etc. Por ello, "la salud de una sociedad se mide por la salud de las familias: una sociedad y cultura sanas se reflejan y se nutren de la salud de la familia. Igualmente, una sociedad y cultura enfermas se reflejan en una familia débil y deteriorada" (Declaración de santo Domingo sobre "la situación y perspectivas de la familia y de la vida en América", 12 de octubre de 2002, n. 5).

Se hizo una encuesta sobre cuál es el mayor valor para un mexicano y la conclusión a la que se llegó es que, lo que más valora es la familia. Lo más importante en la vida de una persona es su familia: de la que procede o la que ha formado. ¿Por qué? Porque la familia es un lugar privilegiado donde la persona es amada sin condiciones. Se le ama tal y como es: sano o enfermo, inteligente o menos inteligente, de tez oscura o clara...
La mujer es el corazón del hogar, por eso es esencial que se encuentre bien, que sepa que de ella depende en gran parte el bienestar del resto de la familia. Pero la mujer necesita saberse amada. Ese asunto no se ha de dar por supuesto, por sabido. Cuando un marido elogia el estilo o el maquillaje recién estrenado de su esposa, ella se siente tomada en cuenta; cuando advierta con agrado los detalles de decoración hogareña que facilitan el descanso y la convivencia; cuando desde el fondo de su corazón le repita que está muy guapa, mucho más que el día en que se vieron por vez primera; cuando deje que su alma se esponje en reiterados «te quiero»… está haciendo un triple ejercicio.
a) Por un lado, subsanar el desgaste que la vida de cualquier persona, y en especial la de un ama de casa, experimenta con el transcurrir de las horas y los días en apariencia siempre iguales: pues no hay que olvidar que las tareas doméstica, aun vividas con la más plena y sincera actitud de servicio, podría a veces dar entrada a un cierto sentimiento de estéril inanidad.
b) El influjo de esas atenciones despierta y aviva en la esposa la jubilosa alegría del amor, engrandecida por la conciencia, tan necesaria para ella, de estar colmando las ansias de cariño de su marido: de estar siendo verdaderamente amable, esto es, digna de ser amada.
c) Al actuar de este modo, el marido reafirma la calidad y ahonda y robustece las raíces de su propio querer, pues las expresiones sensibles refuerzan siempre en el ser humano, con una energía difícil de exagerar, la grandeza y estabilidad de las disposiciones interiores de que dimanan.

Marido y mujer han de esforzarse con frecuencia por sorprender a su pareja con algo que ésta no esperaba y que pone de relieve su aprecio e interés por el otro. No sólo en los días señalados, sino en aquellos otros en los que no existiría ningún motivo para tener una atención especial… ¡excepto el cariño enamorado de los cónyuges, siempre vivo y siempre en aumento!
Benedicto XVI escribe:

Señor Jesús,
la familia es un sueño de Dios
confiado a la humanidad;
la familia es un destello del Cielo
compartido con la humanidad;
es la cuna en que hemos nacido
y donde renacemos continuamente en el amor.
Ciertamente, una dolorosa pasión de Dios
es la agresión a la familia.
Parece que hoy se está dando
una especie de anti-Génesis,
un anti-designio, un orgullo diabólico
que piensa en aniquilar a la familia[1].


[1] Angelo Comastri, Via Crucis en el Coliseo con Benedicto XVI, EDICEP, Valencia, octubre 2006, p. 54-55.